GEGANTS de Jordi Cotrina


RETRATO DE CALLE

Mucha gente no es capaz de imaginar que detrás del trabajo diario de un fotógrafo de prensa hay una enorme rutina. Aparentemente un reportero de deportes disfruta de unas condiciones laborales envidiables. Y es cierto, seguramente. Estadios deportivos, imágenes del esfuerzo, del triunfo, del fracaso, momentos dramáticos y emotivos, que se desencadenan ante el objetivo de su cámara para ser inmortalizados. Pero también horas de tedio, prisas, escasa colaboración. Supongo que un fotógrafo bregado llega al entrenamiento de, por ejemplo, un equipo de fútbol al que sigue habitualmente, más o menos como un oficinista ocupa su mesa de trabajo en la empresa. Y sin embargo, si pierde la capacidad de entusiasmarse con un detalle, con un enfoque, con un encuadre, es hombre muerto.

Jordi Cotrina tiene seguramente tantas horas de vuelo en fotografía de prensa deportiva, que cada vez que le traen el plato en un restaurante le da dos vueltas para terminar de ajustar el enfoque y mucho me temo que para coger el sueño cuenta disparos del obturador en vez de ovejas, como todos los demás. De ahí el mérito de esta serie de fotografías donde se sacude la rutina diaria y nos regala una mirada en calma y en traje de calle.

Los deportistas también van al trabajo en uniforme. Uno está tan habituado a ver a Indurain sobre la bicicleta o a Rafa Nadal con una raqueta en su mano izquierda, que si nos lo cruzamos en el supermercado tardamos en reconocerlos. En muchas ocasiones es tan extraordinaria su repercusión mediática o su capacidad física, que no nos podemos creer que pertenezcan al mismo mundo que nosotros. El de las pesadillas, los atascos, las tardes aburridas y los domingos deprimentes. También el de los enamoramientos, las risas, los amigos y la siesta de verano. Por eso el mérito en alguien tan acostumbrado a retratarlos en la faena, en la tarde de sudor y gloria o frustración y disgusto, es dedicarse a perseguirlos para que nos regalen una pose de calle, despojados del traje de faena, vestidos con ese uniforme de persona normal que los demás llevamos a diario. El lado humano, lo llamarían los cursis, como si no fuera humano tratar de triunfar en tu trabajo o de hacerlo bien cada tarde de exigencia. Los buenos deportistas no son extraterrestres, son gente que nos recuerda que cualquier oficio hay que desempeñarlo con la mayor grandeza posible.

Jordi Cotrina, para los modelos de su serie, es una cara familiar, que han visto al fondo de entrenamientos y partidos, de pruebas y competiciones, parapetado tras el objetivo de su cámara como si fuera una segunda nariz. Si han accedido a presentar la cara menos pública en los retratos ha sido porque entienden a Jordi como un tipo cercano y hasta los más inteligentes lo reconocerán como un compañero de trabajo, un tipo que hace un oficio imprescindible para completar el suyo.

En el territorio de la mítica deportiva, estas fotos tienen el valor del retrato del actor sin maquillaje y sin el vestuario de la época. Qué sería de nuestra imagen de Marilyn Monroe, por ejemplo, si no conociéramos su rostro cotidiano, triste y melancólico de las sesiones de fotos privadas, tan lejanas del objeto de deseo masivo. Estoy seguro de que a muchos de sus protagonistas les costó encontrar el rato para posar para Jordi y hacerle ‘ese favor’. Quizá alguno le metió prisa en la salida del entrenamiento, ‘venga tío, dispara ya’. Pensaban, ingenuamente, que era un detalle que tenían ellos para Jordi, ese fotógrafo amable de cada mañana. Quizá hoy comprendan que el detalle lo tenía Jordi con ellos, que era Jordi quien les hacia el favor, y que siempre podrán agradecer que el fotógrafo se tomara un rato para dejar constancia del esplendor de la normalidad, de eso que será lo único que quede cuando se apaguen los focos, se cuelgue el uniforme de trabajo y tu cara sea poco más de un ‘de qué me suena este tío’. Al mirarse aquí, dirán, ‘gracias Jordi’.

DAVID TRUEBA

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